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El ingenio dominicano en la Guerra Restauradora

Más débiles en número y armamento que los invasores españoles, los restauradores se valieron de tácticas de la guerra de guerrillas para sacar del país a los colonizadores.

Escrito por: Yaniris López - 8/12/2007.  Listín Diario

Gregorio LuperónEl general Gregorio Luperón es considerado el héroe de la gesta restauradora. Frente a la fortaleza San Felipe de Puerto Plata, se le rinde homenaje.

SANTO DOMINGO.- Diecisiete años después de proclamada la independencia nacional y apenas cinco años después de la batalla de Sabana Larga, que selló la epopeya el 24 de enero de 1856, el país volvía a ser colonia española. La fecha de la anexión, 18 de marzo de 1861, es aciaga para los dominicanos, y la fecha oficial que dio inicio a la Guerra de la Restauración, 16 de agosto de 1863, podría considerarse sagrada.

Lo que casi nunca recordamos es qué pasó exactamente, cómo ocurrió todo, por qué ganamos la guerra si las tropas anexionistas estaban mejor preparadas, si las ciudades dominicanas no eran más que villorrios y la población, sumida en la pobreza, no alcanzaba los 300 mil habitantes.

Hoy dejamos de lado las siempre recurridas y oportunas explicaciones políticas y económicas y cedemos el espacio a otros grandes aliados de la guerra restauradora: las estrategias geográficas y la práctica de interceptar suministros llevadas a cabo por los restauradores, reconociendo que, a la sombra de las grandes batallas, decenas de parajes y ciudades del país determinaron muchos de los acontecimientos ocurridos.

Estrategias bélicas

El éxito que debe la guerra restauradora a la geografía lo confirma un experto en el tema de la anexión, el historiador dominicano Jaime Domínguez, miembro de la Academia Dominicana de la Historia.

Pese a que sólo catorce patriotas penetraron a territorio dominicano desde Haití el 16 de agosto de 1863, la insurrección se propagó rápidamente y gente de todas las regiones se incorporó a la lucha.

La ofensiva iniciada en Capotillo parecía un huracán que se llevaba a su paso todas las fuerzas enemigas que encontraba, desde la zona fronteriza norte hasta La Vega, Moca, San Francisco de Macorís, Cotuí y Cevicos”, asegura Domínguez.

Una vez instaurado el gobierno restaurador en Santiago, el 14 de septiembre de 1863, había que fortalecer los focos guerrilleros sureños y orientales, pero los patriotas sabían que llevaban desventaja en cuanto a suministros y capacidad ante los refuerzos anexionistas que llegaban desde Cuba y Puerto Rico.

¿Qué hicieron entonces? Debido a que los españoles eran superiores en número, en armamento y en disciplina, aplicaron la guerra de guerrillas, esta vez sugerida por el ministro de la Guerra del Gobierno Restaurador, Matías Ramón Mella, y evitaron los ataques frontales y “las batallas campales propias de los ejércitos regulares”.

Las instrucciones de Mella impartidas en octubre de 1863 indicaban que “… nuestra tropa deberá, siempre que pueda, pelear abrigada por los montes y por el terreno” y debían estar “dirigidas por oficiales salidos de academias, pues muchos restauradores desconocían las reglas básicas de la guerra por no haber ido a escuelas militares”, apunta Domínguez partiendo de sus investigaciones.

Los refuerzos anexionistas, sin embargo, seguían llegando. Las tropas de Pedro Santana, nombrado jefe de todas las tropas españolas y criollas en septiembre de 1863, partieron de Santo Domingo hacia Santiago para frenar la insurrección.

En esa época, para alcanzar el Cibao debían pasar por Bayaguana y Monte Plata, “flanquear la cordillera Central por el paso llamado el Sillón de la Viuda y luego llegar a Cevicos, Cotuí, San Francisco de Macorís, Moca y finalmente Santiago”.

Frenadas por los restauradores comandados por Gregorio Luperón en Arroyo Bermejo, Monte Plata, el primero de octubre de 1863, Santana no tuvo más remedio que levantar su campamento en Guanuma.

“A partir de ese momento la Guerra Restauradora fue un esfuerzo de cada bando de tratar de penetrar la línea de defensa del otro para tomar la ciudad sede de su gobierno: los restauradores Santo Domingo, y los anexionistas criollos y españoles a Santiago”, explica Domínguez.

Los restauradores pagaron con creces las veces que olvidaron las recomendaciones de Mella. En mayo de 1864, en Montecristi, seis mil soldados provenientes de Cuba y apoyados en trece piezas de artillería derrotaron a los restauradores que intentaron evitar su desembarco.

“Sin embargo –sigue Domínguez-, al tratar de marchar hacia Santiago, fueron emboscados en el camino por guerrilleros encabezados por Benito Monción y Pedro Antonio Pimentel desde los bosques”.

Al tomar conciencia de que los anexionistas les aventajaban en la ciudad y ellos, a su vez, los aventajaban en los montes, “los restauradores encaminaron sus esfuerzos a atacar los convoyes que por tierra llevaban los suministros para abastecer a las tropas anexionistas criollas y extranjeras en las ciudades del Sur y del Este”. Esta se convirtió en su principal táctica bélica.

El ataque se hacía, explica Domínguez, “bloqueando el camino con árboles gruesos y trincheras. Al acercarse el convoy, desde los bosques les disparaban tanto a la vanguardia como al centro y a la retaguardia.

Los españoles tenían una caballería que escoltaba al convoy, la que se desplazaba hacia el lugar donde el fuego enemigo era más nutrido. Hacían disparos de granadas y metralla seguidos de una carga a la bayoneta, por lo que los guerrilleros se dispersaban hacia los bosques”.

Según Domínguez, los anexionistas “no explotaban la ventaja táctica que constituía la dispersión del enemigo, al no salir en su persecución”. Algunos anexionistas resultaban muertos o heridos en los ataques. Como las escenas se repetían en diversos lugares de la geografía nacional, esto representaba una continua pérdida para los anexionistas.

Conseguir armas y municiones era el problema de los restauradores. Pero se las ingeniaban canjeando serones de tabaco en las Islas Turcas por cañones y fusiles, “y en Haití por pólvora y plomo, con lo que en Santiago se hacían balas. En el Sur, el general Cabral cambiaba reses y bestias de carga por municiones a los haitianos”, indica el historiador.

Para finales de 1864, y citamos a Domínguez: “La contienda bélica estaba perdida para los anexionistas desde el punto de vista estratégico, porque éstos no podían evitar que los restauradores hostigasen a su libre albedrío los convoyes que iban de una ciudad a otra a abastecerlos de alimentos, medicinas, dinero, municiones y armamento, incluso en lugares tan cercanos a Santo Domingo como el poblado de Guerra”.

Otro hecho que apresuró el fin de la guerra fue el cambio de gobierno ocurrido en España en noviembre de 1864, cuando ascendió al poder Ramón María Narváez. Fue él quien le propuso a la corte, al año siguiente, el retiro de las tropas españolas del país.

La política anexionista había fracasado. Es que “la guerra -concluye Domínguez- es estrategia y es suministro. La guerra es del que dispara el último tiro”.

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